La Bestia

Un vagón que parte el mundo

Por Urani MONTIEL
Fotografía Luis PEGUT
Abril 2021

Teatro presencial, aforo reducido, protocolos para acceder al inmueble, caras conocidas: rumor entre butacas, función de estreno. La agrupación 1939 Teatro Norte presentó la noche del lunes 5 de abril, en el foro principal del Centro Cultural Paso del Norte, la puesta en escena de La Bestia, escrita y dirigida por el reconocido dramaturgo juarense “Pilo” Galindo.

Si, por un lado, el acontecimiento vislumbra el camino de salida de una prolongada crisis sanitaria, por otro, la ficción dramática pone en las tablas, ante nuestra atónita vista, la crudeza de otro tipo de crisis: la migratoria, estelarizada por miles de personas provenientes de Centroamérica. A nadie tomó por sorpresa la temática del espectáculo, ni que el elemento escenográfico principal fuera un vagón de tren, aquel que porta entre su fierros y furgones los sueños yanquis de catrachos, nicas, guanacos y chapines. Incluso la coyuntura actual por la que atraviesan los puertos fronterizos –como Ciudad Juárez o Tijuana–, que reciben a diario cientos de deportaciones, viendo sus capacidades humanitarias rebasadas, también jugó un papel importante en las expectativas de los espectadores que nos dimos cita –por fin– en el Teatro Víctor Hugo Rascón Banda.

Si el viaje hacia las fronteras norte –primero la nuestra y luego la de Estados Unidos– representa un gran peligro para quienes emprenden la partida, como así lo han documentado organismos civiles y académicos, ¿cómo deben ser las condiciones de las que huyen? La presencia del cuerpo de actrices y artistas en escena nos permite imaginar el horror dejado atrás, situaciones infrahumanas que convierten al temor e ilusión del trayecto en una opción viable, una esperanza para mejorar, o mejor dicho, conservar la vida.

Tardé varios días redactando estas líneas. Tuve que regresar a ver la función –el viernes de esa misma semana– para aclarar mis ideas y despejarme de la emoción del rencuentro con un arte vivo. Hacia el cierre de temporada, La Bestia lucía mejor, más depurada, sin los nervios ni tropiezos del estreno. El trazo escénico del nutrido elenco –cerca de 25 actores– correspondía tanto al ritmo ágil del montaje, en las secuencias vertiginosas a la orilla de las vías (en proscenio), como a las pausas con más tensión dramática donde solo una pareja de personajes, en espacios íntimos o cerrados (dentro de los tres paneles al interior del vagón), estelarizaban el infortunio del migrante.

Tres historias se entrelazan por medio de varias coincidencias: la necesidad y añoranza de atravesar la longitud mexicana. El municipio de Arriaga, en Chiapas, es el punto de partida de una odisea que vulnera cuerpos, convirtiéndolos en mercancía, en moneda de cambio dentro de una red donde la impunidad y el abuso imperan. Dos figuras de poder –el Rayas y Dango– son suficientes para exhibir el horror que los grupos criminales mexicanos ejercen sobre los migrantes.

El primero, interpretado con arrojo y brío por Abraxas Trías, se dedica a transportar, a guiar y seleccionar a quiénes suben y quiénes deben esperar. “¡Aquí se parte el mundo, mijos!” Este coyote alecciona e incita (“Pa’delante hay que pagar, y pa’trás ya no se puede porque no hay pa’dónde), al tiempo que extorsiona: “Aquí na’más hay dos rutas: pal norte y pala verga. Así que váiganme diciendo pa’dónde le alcanza lo que trai”. La autoridad del Rayas se arropa bajo un nacionalismo xenófobo: “el aire mexicano de Arriaga pa’delante ya no es gratis, así que hay que caerse si quieren seguir respirando. […] Su pinche patria váyansela metiendo más pa’dentro, porque con el traca-traca de La Bestia se les va a ir borrando.” Dango, por otra parte, se distingue por su sobriedad, por un atuendo cercano al estereotipo del narco. Porta un arma de fuego. David Vázquez sabe caracterizar a una figura que impone y atemoriza desde la mesura y seriedad con que pronuncia órdenes y avisos. Sus palabras envuelven; parece que uno le debería dar las gracias por ser secuestrado, porque no haya jalado el gatillo. Su personaje explota, inmisericorde, cuando se siente traicionado.

Del otro lado, la trama del éxodo. Un par de hermanas salvadoreñas (Laura Galindo y Kate Araiza) ha perdido el rumbo y la compañía. Para las indocumentadas, su género presagia la violencia sexual. Una nicaragüense (Nahomi Ochoa), sobre el “lomo” de La Bestia, pacta con el Rayas el traslado de su pequeño hermano (André Montaño) hasta la frontera. Poco le importa lo que le suceda a ella; cree que si el niño se entrega a la migra, habrá cumplido con el designio de su madre. En medio de estas historias, aparece el papel protagónico de un joven (cipote) hondureño, víctima tanto del Rayas como de Dango. El actor Umberto Morales, además de sostener el acento o variedad lingüística –el caliche catracho, pues– durante toda la obra, funciona como eje conductor de la puesta en escena. Su personaje cuestiona y encara, se amedrenta pero no se rebaja; además de sufrir su fortuna, también padece la de sus próximos. Guarda consigo el llamado a la empatía y al socorro del otro.

La Bestia de “Pilo” Galindo conmociona y sacude, pero el espectáculo deja poco espacio para la reflexión y el discernimiento del problema. ¿Cómo podría el espectador intervenir en ese mundo plagado de furor y de tragedia? La violencia extrema en escena particulariza a los personajes, alejándolos de mi ámbito o esfera de acción. ¿Me conmueve? Sin duda. ¿Me involucra? No. Por unos segundos, aparecen Las Patronas, grupo de mujeres que auxilian, arrojando comida, a la caravana. ¿Qué elemento del montaje invita a la identificación con ese acto de ayuda y empatía? Cuando la pistola en la sien, la nalgada y el azote en la espalda se representan de manera literal, el signo (objeto, fenómeno o acción que sustituye a otro) se diluye. Sin convención ni metáforas se restringe la interpretación.

A pesar del juicio anterior, cierro la reseña con los cuadros de mayor alcance poético, igual de espectaculares que los que redundan en violencia. La escena inicial, donde resuena el contrabajo interpretado por Iván López sobre el vagón, prefigura el tono trágico de la obra, no solo por los versos tradicionales de la canción cardenche (“yo ya me voy / a morir a los desiertos”), sino por que el músico trae vendados los ojos, mientras que todo el elenco atiende expectante, desde abajo, el fúnebre número musical. La escena donde el ejército rescata a los migrantes me parece sobresaliente –la mejor de la puesta en escena–, ya que mientras el militar corea el discurso oficial sobre la supuesta hermandad de nuestro país hacia los pueblos centroamericanos, los migrantes lo cercan con sus cuerpos y percusiones. La coreografía y el efecto sonoro descubren el artificio –es decir, la militarización– con el que nuestro gobierno ha atendido una crisis de índole humanitaria. Por último, rescato la postal que nos arroja la compañía en la escena final. Me refiero a la composición plástica del elenco completo montado en La Bestia; la iluminación (diseñada por Ileana García) permite incluso una lectura de izquierda (lo que se ha dejado atrás) a derecha (los peligros por venir), que sintetiza el riesgo y azar de la travesía.

En estas breves secuencias, los papeles estelares –aquellos que aparecen en la nómina y que cuentan con historia y parlamentos– se entremezclan con una presencia colectiva que encarna a los que no tienen voz y que sufren nuestro país, durante su viaje al norte, sobre un armatoste al que le han dado (porque se lo ha ganado) un nefando nombre.

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